Enrique Chao

Enrique Chao

Es consultor de publicaciones industriales y de negocios, experto en generar ideas para contenido y director de diversos proyectos editoriales.

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"... El desarrollo progresivo del hombre depende vitalmente de la invención; es el producto más importante de su cerebro creativo. Su propósito último es el dominio completo de la mente sobre el mundo material, el aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza para las necesidades humanas”: Nikola Tesla

La corriente de un hombre poco corriente. Nikola Tesla es el genio a quien le robaron la luz. Su aporte, toda una cascada de inventos, fue suprimido por el peso y el ego de Thomas A. Edison y Guillermo Marconi.

El ingeniero serbio-estadounidense no sólo concibió la corriente alterna y la radio, sino que con gran visión fue precursor en varias tecnologías, como la transmisión inalámbrica de electricidad, las armas teledirigidas, la robótica, los aviones de despegue vertical, las lámparas de bajo consumo o las energías alternativas.

No obstante, Tesla sucumbió en un cuarto del Hotel New Yorker, en la ruina, con más de 700 patentes en su haber.

Nikola Tesla fue un inventor fuera de serie. Pocos saben que ahora mismo empleamos un buen número de sus inventos y creaciones. Incluso, muchos de ellos todavía están por probarse, como la torre de Wardenclyffe, proyecto que no pudo concluir.

Sin embargo, hasta hace unos años, era muy poco lo que se sabía de él. Hace unos lustros, sin embargo, algunos jóvenes empezaron a reivindicar su asombroso legado, y pudieron comprobar que sus competidores, tanto en el mundo de los negocios como en el ámbito de la ciencia, fueron los que lo llevaron, con feroz saña, del ridículo al baúl del olvido.

Con motivo de una exposición, reordenaron los recuerdos y desempolvaron los libros de él y los que hablaban de él; los investigadores acudieron a los archivos, las fotos, las ilustraciones, los aparatos y los proyectos que, luego de cotejarlos, dejan boquiabiertos al mundo que no lo conocía, es decir, a todos nosotros.

El genio, entre supersabio y Ciro Peraloca
Hoy, su obra y su vida, con videos, fotos, ilustraciones y otros medios de exhibición, darán aire al fantasma de Tesla para que reviva entre nosotros y exhiba sus logros. La muestra, de origen español, y que aterrizó en México con rotundo éxito en Monterrey, Nuevo León, a lo largo del año pasado, en 2015, se presenta en la Ciudad de México, en el Centro Nacional de las Artes, hasta junio próximo con el nombre de “El futuro me pertenece: Nikola Tesla”.

La exhibición despliega varios núcleos temáticos, y de manera lúdica, aborda la interesante historia del físico e inventor. Para las nuevas generaciones, el nombre de Nikola Tesla ya suena más que para sus papás o sus abuelos. Lo que pretende esta muestra es darlo a conocer para todos y valorar los aportes de este brillante científico.

En las fotos que se conservan de él aparece como un mago o como el maestro de ceremonias de un circo; el circo de la ciencia, siempre rodeado de rayos, truenos y centellas, con su mirada profunda, clavada en los visitantes, donde parece adivinar el futuro.

Tesla es hoy por hoy motivo de homenaje (cumple 160 años) y para muchos es reconocido como el padre de la tecnología moderna. De hecho, se le recuerda como el genio que transformó a Estados Unidos en una nación industrial pujante e innovadora.

No obstante, en sus tiempos, a comienzos del siglo pasado, apenas sobrevivió la rivalidad con otros grandes inventores. Se recuerda cuando inició con Edison “la guerra de las corrientes”, y con Marconi, quien se atribuyó, sin darle crédito, muchas de sus patentes (Tesla predijo la posibilidad de realizar comunicaciones inalámbricas antes de los estudios llevados a cabo por Marconi, y en su honor, se denomina tesla a “la unidad de medida de la intensidad del flujo magnético en el sistema internacional”).

Enrique Chao

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Es consultor de publicaciones industriales y de negocios, experto en generar ideas para contenido y director de diversos proyectos editoriales.

 
Las emociones, las tormentas interiores y los psicometeorólogos que las aprovechan es el tema de esta nota que puede ilustrar cómo a veces la razón se convierte en el perrito faldero de la emoción (y todo con fines promocionales)

Si me pidieran que definiera a las emociones yo diría, de entrada, que es nuestro racimo de vulnerabilidades. Por ahí nos derrotan, nos manipulan, nos divierten o, en breve, nos quieren o nos odian.

Pero esa es una definición provisional. Mientras más leo acerca de las emociones, más me sorprende la carga que tienen en todo lo que acontece en nuestra vida familiar, social y laboral.

En opinión de algunos médicos, quienes son afectados por una emoción se vuelven de golpe menos inteligentes, y es que la emoción, ya sea “positiva o negativa”, reduce la corteza prefrontal, que es como la torre de control, por así decirlo, de las emociones en vuelo.

Los médicos creen que con la emoción, que dura 25 minutos (tome nota), “el cerebro suelta una cascada de dopamina que embrutece a la conciencia y la lleva a perder el contexto”, y, de seguro, a reaccionar con equívocos; quedamos como al tanteo.

En un corte anatómico del cerebro, los neurólogos señalan que “la amígdala cerebral, el hipocampo, el giro del cíngulo y la corteza prefrontal son las áreas cerebrales involucradas en la percepción y evaluación de las emociones”.

La amígdala cerebral, detallan, “es responsable del inicio de la emoción; el hipocampo de la memorización del evento y de la circunstancia a la que está asociado, mientras que el giro del cíngulo interpreta la evaluación a futuro, incluso valora la mirada, la expresión de la boca y el lenguaje corporal de quienes nos rodean”.

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Hoy por hoy no es fácil evitar que retumbe en los oídos la palabra Millennials, que ha obsesionado a los encargados del marketing de miles de empresas. En un número anterior ya nos ocupamos de las características de sus integrantes, pero ahora, bajo la luz de nuevos hallazgos, las volvemos a reconsiderar

Revistas, periódicos, blogs, redes sociales y hasta correos electrónicos subrayan la dichosa palabreja, millennials, en plural, palabreja que engloba a la generación de los nacidos entre 1980 y 1993, de “los que crecieron bañados por las aguas del rápido desarrollo de las nuevas tecnologías”.

Ninguno de ellos imagina cómo fue la vida en el planeta sin Internet.

Los millennials, de manera aplastante, ya se sumaron a los consumidores de hoy. Lo cual ha empujado a las marcas a registrar con todo cuidado los gustos y las aberraciones de estos consentidos (en muchos casos hijos únicos) de las familias de hace veintitantos (y/o treintaytantos) años, con tal de adaptar y darle bulto a sus productos, con el afán de que entren en la mira de opciones de compra de este público, sin duda, el más exigente de la historia.

Un estudio indica que, dentro de 10 años, ellos serán el núcleo de la fuerza productiva mundial. Por cierto, la firma española Telefónica señaló hace poco en un estudio que México registra el mayor número de millennials del globo y confirma que, en efecto, los que caben en ese perfil “se sienten muy apegados tanto a los dispositivos electrónicos como a Internet”.

Los nuevos males
La personalidad, los ascos y las preferencias de los integrantes de los millennials, son tomados en cuenta por compañías que buscan ganar su empatía con productos especiales destinados a ellos.

Hay quien dice, sin embargo, que no todos los millennials piensan y actúan igual. En un estudio de Carat se subraya que sólo 42% corresponde a ese perfil de jóvenes hiperconectados; el resto, señala, es diverso y con muchas variantes.

Enrique Chao

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Desde la formación del mundo, en las condiciones astronómicas que guarda hasta el día de hoy, cada estación del año presenta distintas facetas que cambian la perspectiva y el paisaje, y según cada una, los seres vivos procuran adaptarse, sólo para sobrevivir

Hay animales que logran cambios acentuados en las estaciones, como algunos ciervos que pasan de color tierra roja, en verano, a color gris tenue, en invierno, o algunas liebres, como la del Ártico, que pasan, en las mismas estaciones citadas, de marrón y ocre, a gris clarito y blanco, de forma respectiva.

Los seres humanos también cambiamos, pero el cabello y la piel no se nos vuelve roja en verano y azul en invierno; los nuestros son cambios más sutiles, más cerebrales, que se manifiestan en el humor, en la energía…, pero son igual de drásticos.

Plantas y animales salvajes recrean aspectos, apariencia e, incluso, algunas conductas para adaptarse a las estaciones del año, con el único afán de sobrevivir a los oleajes crecientes de temperatura en verano o a la carencia de alimento en invierno.

Desde la formación del mundo, en las condiciones astronómicas que guarda hasta el día de hoy, cada estación del año presenta distintas facetas que cambian la perspectiva y el paisaje, y según cada una, los seres vivos procuran adaptarse, sólo para sobrevivir.

Como en espejo, los humanos nos reflejamos por las características de cada estación, aunque en México el acento de cada una de ellas no es tan drástico como en Canadá, por ejemplo, donde las estaciones se desbocan en mayores contrastes.

Allá, en otoño, al momento que los árboles se despojan de sus hojas, la gente entra poco a poco en una profunda melancolía. En cambio, aquí, padecemos más el clima (lluvias, huracanes y demás fenómenos meteorológicos) que la estación.

La carga de serotonina
Se cree que hay una estrecha relación entre la cantidad de luz y la serotonina en el cerebro, es decir, la hormona del humor, que tiene que ver, sobre todo, con estar más o menos melancólicos.

Según un estudio comentado con amplitud en una nota del diario El País, “desde el punto de vista del cerebro, hay latitudes donde las estaciones no tienen demasiadas diferencias, porque están muy cerca del Trópico o del Ecuador. Para el resto, se ha hablado mucho de cambios en el humor y un peor estado anímico, porque parece que nos bajaría un poco el tono”.

El neurólogo español Carlos Tejero, citado por este diario español, piensa que el otoño es triste, además, porque se dejan atrás las vacaciones y aumentan las tareas en el trabajo y en la escuela.

En otoño, por otro lado, el cambio más importante que tiene que ver con el cerebro se debe, sin duda, al menor tiempo de luz solar (¿sabía usted que cada día hay tres minutos menos de luz?), lo que, a su vez tiene que ver con la producción de ciertas hormonas: “la principal, la melatonina, que se produce en mayor cantidad en la oscuridad”, y es la que “influye en que tengamos más sueño (pero también peor ánimo, más hambre y más frío)”. En otro ángulo, la Universidad de Virginia, Estados Unidos, asevera que hay una mutación genética que hace que el ojo de algunos sea meno sensitivo a la luz… En opinión de los investigadores de esa institución educativa: en los meses fríos se cuenta “con menores niveles de un receptor de fotopigmento llamado melanopsina, involucrado en la regulación del ritmo circadiano, y necesitan mayores niveles de luz brillante para mantenerse en su funcionamiento normal”.

Enrique Chao

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Luego de los ataques terroristas de ISIS a París, en México se dio un fenómeno singular. No todos los cibervisitantes en las redes se condolían por el bárbaro acontecimiento

Hubo quienes mostraban reservas y, por tratarse de Francia, un país que ha mostrado que tiene músculos para defender con armas y aviones sus intereses comerciales y coloniales, esgrimían que lo lamentaban, pero que en México ya teníamos suficiente con nuestro duelo por el terrorismo criollo, con los narcotraficantes, los cárteles del crimen organizado, los secuestradores y otros malandrines locales, tan terroristas y de mentes tan retorcidas
como los de ISIS.

El famoso filtro que exhibió Facebook de la bandera de Francia, en apoyo a los ciudadanos de París y como condena a los ataques, fue cuestionado con ruda dureza “por no considerar los atentados en otros países”.

Así que lo mejor y lo peor de la sociedad mexicana salió en las redes sociales luego del ataque artero de los terroristas islámicos a ocho puntos de París, incluido el estadio de futbol, donde se jugaba un partido amistoso entre las selecciones de Francia y Alemania. El resultado final dejó un saldo de 132 muertes (entre las víctimas, dos mexicanas). Los atacantes, menos uno, que sigue prófugo, se inmolaron en sus acciones.

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La convivencia digital se puede violentar impunemente con excesos que rebasan la imaginación… Aunque no estén clasificados como pecados, ni veniales ni capitales, o como crímenes -desde la balanza de la ley-, estos excesos pueden causar daño no sólo en el ámbito virtual, sino también en el real

Al momento que las comunidades de Internet se modelaron por sus particularidades y afinidades, con todo ese potencial que auguraba una época dorada de mayor unión, acceso al conocimiento y al aprendizaje (de la mano con otros internautas, parientes y amigos), se establecieron las redes sociales, pero no así un código de comportamiento o, al menos, unos límites para la autocontención.

Más tarde y de manera explosiva arribaron las redes sociales de mayor calado, como Facebook y sus sucedáneos, entre ellos Twitter, que nos integraban en masa a una red -que nunca se acaba- de conocidos, amigos, parientes y desconocidos que querían conocernos.

Incluso, se fomentaron otras comunidades en línea, foros de discusión, salas de chat y comentarios de blog, y los medios más destacados ataron nudos con los lectores para desplegar a sus anchas el debate de las ideas, claro, sin tener en cuenta el efecto bumerang que eso conlleva.

De ese modo, los puntos de vista de los periódicos y revistas, así como la visión de los blogueros y los líderes de opinión, se aderezaron con más y más opiniones de espontáneos, de quejosos y, por desgracia, de los llamados trolls, que, según los perfila la Universidad de Indiana, “son una comunidad en aumento que introduce mensajes con diferente tipo de contenido, como groserías, ofensas, mentiras…, con la intención de confundir y ocasionar sentimientos encontrados en los demás”.

El anonimato es el culpable
Eso le ha dado un giro de 180º a la sana convivencia de los internautas, que han rozado, y no pocas veces, con las provocaciones, siempre irrelevantes, de los burlones e indeseables trolls. De hecho, y muy arrepentidos, algunos medios online ya se deshacen de la sección de comentarios de los lectores, porque entre ellos hay unos que son difíciles de asimilar.

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Hay personas que sin ellas nada más no habría telenovelas. Son los culposos, los intrigantes, los envidiosos, los villanos…, las y los tipos de malas vibras. Les llaman personas víricas o, en corto, gente tóxica, y se han escrito ahora muchos libros y ensayos para aprender a reconocerlas y, en lo posible, alejarse de ellas, cuanto antes mejor, para que no sigan abollando la autoestima

La gente tóxica, o personas víricas, como las llaman en España, crean ambientes pesados, plomizos, con mucha tensión: lo positivo lo recargan en negativo. Cuando uno llega a encontrarse con ellas lo contagian con su mal humor, con su mala leche, con sus intrigas, o con su tristeza, su miedo, su envidia, su vileza… y lo dejan a uno emponzoñado: “Es como un virus”, describen los especialistas que han lidiado con este fenómeno: “… llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, uno recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida”.

No hay un diagnóstico preciso, es decir, los envidiosos no se ponen color verde, ni los quejumbrosos y tristes, azul, ni los malencarados y egoístas, amarillo…, pero con la práctica puede ser fácil reconocerlos. Lo que no es fácil es saber porqué son así; quizá por contagio, por estupidez, por inducción, por envidia, o por falta de consideración, o de tacto, o por puro egoísmo.

De ahí que no hay que dejarse atrapar por sus telarañas. La mente torcida puede enderezarse y hasta el clima de los perversos, si no es tan dañino, limpiarse. Lo importante en esos encuentros es contar con recursos suficientes para protegerse del contagio. Las tipologías de la gente tóxica son de diferente calado, unas son menos venenosas que otras, aunque todas provocan moretones emocionales.

Un ejemplo de tipología es la de los criticones, esos seres que por no tener vida propia viven la de los demás, quizás porque la suya es demasiado aburrida, gris y sin chispa. Ellos le hacen a uno voltear a ver sólo el lado feo de los demás. No encuentran virtudes, sino defectos en quienes los rodean y se encargan de subrayar lo que no les gusta. En su vocabulario no deambulan las palabras de reconocimiento ni las de admiración ni, tampoco, las de respeto.

Otra tipología es la de los cínicos. En el vocabulario de ellos no abundan las palabras de agradecimiento, y sí, las de solicitud; todo lo piden, pero cuando lo devuelven lo hacen de mala gana. Son ingratos. No corresponden ni son bidireccionales. El ego los tiene rodeados, el narcisismo los sofoca.

Una tipología, quizá de las más copiosas, es la de los que se hacen las víctimas, los pasivos que esperan que todos vean por ellos porque, pobrecitos, a ellos les tocó menos, piden compasión y se quejan de su mala suerte: no les cuente que a usted le va bien porque en seguida le reprocharán que la suerte no está bien repartida, que todo es injusto, que la vida apesta. Así que su triunfo perderá brillo y, si lo sigue escuchando, su alegría terminará marchitándose.

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